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Autobiografía de Eva

El siguiente gran triunfo de la ciencia lo logré yo, a saber: cómo entra la leche en la vaca. A los dos nos había maravillado ese misterio mucho tiempo. Habíamos seguido a las vacas por ahí durante años -es decir, durante el día-, pero nunca las habíamos pillado bebiendo un líquido de ese color. Por tanto, al fin decidimos que sin duda se lo procuraban por la noche. Entonces hicimos turnos para observarlas por la noche. El resultado fue el mismo… el rompecabezas seguía sin resolverse. […] Tan pronto como apareció el primer pálido vestigio de la aurora me marché a la chita callando y en la profundidad del bosque escogí un sitio pequeño con hierba y lo cerré con una cerca convirtiéndolo en un redil seguro. Luego metí dentro a una vaca. La ordeñé hasta la última gota y después la dejé allí, prisionera. Allí no había nada que beber… tenía que conseguir la leche mediante su alquimia secreta o seguir sin una gota.

No me estuve quieta en todo el día, no podía hablar de forma coherente por la preocupación que tenía, pero Adán estaba ocupado tratando de inventar una tabla de multiplicación y no lo notó. Hacia el atardecer había llegado hasta 6 por 9 son 27, y mientras estaba borracho de alegría por el logro y completamente ajeno a mi presencia y a todo lo demás marché sigilosamente hasta mi vaca. La mano me temblaba tanto con la excitación y el terror al fracaso que durante unos momentos fui incapaz de asir una tetilla. Luego lo conseguí, ¡y llegó la leche! Dos galones. Dos galones y nada de donde sacarlos. Supe la explicación de inmediato: la leche no entraba por la boca, sino que era condensada desde la atmósfera a través del pelo de la vaca. Corrí a decírselo a Adán y se alegró tanto como yo y no tenía palabras para expresar lo orgulloso que estaba de mí.

Al poco dijo:

-¿Sabes?, no has hecho sólo una contribución importante y trascendental, sino dos.

Y era verdad. Por una serie de experimentos hacía tiempo que habíamos llegado a la conclusión de que el aire atmosférico consistía en agua en suspensión invisible. También que los componentes del agua eran hidrógeno y oxígeno en la proporción de dos partes del primero por una del último y que se podía expresar con el símbolo H2O. Mi descubrimiento reveló el hecho de que aún había otro ingrediente… leche. Ampliamos el símbolo a H2OL.

Diarios anteriores al Diluvio

Pasaje del diario de Satanás

-¿Qué es el miedo?

-¿Miedo? No sé.

-Naturalmente. ¿Por qué ibas a saberlo? No lo has sentido, no puedes sentirlo, no pertenece a tu mundo. Ni con cien mil palabras podría hacerte comprender lo que es el miedo. ¿Cómo puedo explicarte entonces la Muerte? Nunca la has visto, es ajena a tu mundo, es imposible hacer que la palabra signifique algo para ti por lo que yo sé. En cierto modo es como el sueño…

-¡Oh, sé lo que es eso!

-Pero, como dije, es sueño sólo en cierto sentido. Es más que un sueño.

-¡El sueño es agradable, el sueño es delicioso!

-Pero la Muerte es un sueño largomuy largo.

-Oh, tanto más delicioso. Entonces creo que no puede haber nada mejor que la Muerte.

Autobiografia de Eva

25 DE MAYO

Tengo compañía. Ese hermoso loro al que he estado mimando ¡habla! Jamás me quedé tan pasmada.

Esta mañana se movió lateralmente por la rama con su torpeza característica hasta que se me acercó, entonces inclinó la cabeza a un lado, tan guapo, y dijo:

-¡Bonita Eva, pobre Eva! Polly quiere una galleta.

Lo dijo así de claro. Me lo llevé al corazón y lo abracé de alegría diciendo:

-¡Oh, querido! ¿Eres tú mi compañero?

Pero no hizo más que gritar con su voz chillona y entre explosiones de risas diabólicas:

-¡Galleta! ¡Galleta! ¡Pobre Polly! ¡Polly quiere una galleta! ¡Date prisa, Satanás!

[…]

Eva, ¿qué será?, ¿ y Satanás?, ¿y galleta? Polly es un nombre, está claro… el suyo. ¿Quién se lo puso? Ningún otro animal tiene un nombre, por lo que yo sé. Me pondré uno, si se me ocurre uno bonito.

7 DE JUNIO

Al fin se me ocurre que Eva es un nombre… ¡el mío! ¿Quién me lo puso? ¿Polly? No… pobre cabeza de chorlito, él no puede crear nada. Entonces, ¿fue mi compañero? Creo que sí. No me permitiré dudarlo. Sabe que existo, estoy segura. Me busca, me añora, me anhela -quizá esté pensado en mi en este momento-, ¡y suspira mi nombre! ¡Oh, podría desmayarme de felicidad! ¡Oh, Satanás mío, cariño mío!

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